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2 La huella de una ciudad de un millón de habitantes

En 1950 el número de ciudades con más de un millón de habitantes en todo el mundo era de 80. En 2000 eran ya más de 350 y se estima que para 2025 serán del orden de mil las ciudades con un millón de habitantes o más.

Las ciudades viven una constante transformación y su evolución es un reflejo de la vida cultural de sus ciudadanos. Si un desarrollo urbano se caracteriza por el caos, por el desprecio por el pasado, por los intereses económicos o por el afán de la novedad por la novedad, se puede deducir que, por debajo de las apariencias más o menos ostentosas, existe un vacío cultural.

Debido a su creciente relevancia económica en todas las regiones del mundo las ciudades son los motores del crecimiento del futuro. En las últimas décadas ha habido en todo el planeta un desplazamiento generalizado de población desde las zonas rurales hacia las ciudades. Como se indicó en la entrada anterior, a nivel mundial, en 2007 hubo por primera vez  más habitantes en las ciudades que en el mundo rural.

En las ciudades se consume el 75 % de la energía del mundo y se emite el 80 % del CO2. La huella eclógica que dejan las ciudades (calidad del aire, ruidos, electromagnetismo) es muy superior a sus capacidades biológicas.

De forma similar a las personas, una ciudad vive, y vivir supone respirar (aire), beber (agua) y consumir (territorio, recursos materiales y energéticos). Una ciudad europea tipo, del orden de un millón de habitantes, consume diariamente 11.500 toneladas de combustibles (mayoritariamente fósiles), 320.000 toneladas de agua y 2.000 toneladas de alimentos. Y también diariamente genera 25.000 toneladas de CO2 equivalente, 300.000 toneladas de aguas residuales y 1.600 toneladas de residuos urbanos.

Un análisis sereno de estas cifras nos debiera incitar a la acción ciudadana. Pese a que sobre la ciudad dispersa los ciudadanos no se podemos hacer gran cosa, salvo reforzar y usar más el transporte público, es posible actuar en ciertos  ámbitos, en especial en el consumo de combustibles, de agua y de alimentos. Además de exigir unas redes de energía, agua y transporte público  modernas y bien gestionadas, está en manos de la ciudadanía reducir la demanda de energía (eléctrica y para calefacción) mejorando nuestros hábitos, renovando nuestras casas e incluso generando nuestra propia energía distribuida a partir de fuentes renovables (solar, geotermia, biomasa…). También está en nuestras manos reducir nuestro consumo de agua y potenciar el consumo de alimentos locales. Y el crecimiento en el uso del vehículo eléctrico permitirá reducir sensiblemente el consumo de derivados del petróleo (de importación) y la contaminación atmosférica.

O sea, que la lucha por la reducción de las emisiones de CO2 está en manos de los ciudadanos. No depende solamente de políticas ni de acuerdos internacionales, sino que la suma de pequeñas actitudes por parte de muchos ciudadanos mínimamente concienciados puede conseguir resultados espectaculares.

Los principales retos en cuanto a sostenibilidad de la ciudad post industrial del siglo XXI se pueden resumir en:

-          Energía: consumo, ahorro y eficiencia energética

-          Urbanismo y renovación urbana: ocupación del suelo, edificación, rehabilitación

-          Movilidad urbana y logística

-          Ciclo del agua: abastecimiento y saneamiento

-          Residuos y suelos: recogida y tratamiento de residuos urbanos

-          Calidad del aire y cambio climático

-          Biodiversidad y espacios naturales

-          Competitividad y desarrollo económico

-          Seguridad ciudadana

-          Trabajo y participación en redes

Nuestras ciudades son una imagen de la evolución de nuestra sociedad y los cambios apuntados en las conductas de los ciudadanos pueden influir notablemente en la huella de nuestras ciudades.

 

A nivel institucional el pujante mundo urbano deberá redefinir y reconstruir la ciudad existente, renovando los espacios urbanos y el parque edificado de viviendas. Pero solo desde una visión integral, teniendo en cuenta todos los factores y retos antes expuestos, es posible definir y planificar actuaciones integrales que permitan superar los retos existentes para que las ciudades puedan seguir siendo en el futuro un motor de desarrollo económico, social y ambiental.

Los retos de las ciudades del siglo XXI

A lo largo de las últimas décadas han tenido lugar en todo el mundo muchas transformaciones económicas, sociales, demográficas y territoriales. Cientos de millones de habitantes de zonas rurales se han trasladado a las grandes ciudades, de sus países o de otros, atraídos por la posibilidad de encontrar una nueva forma de vida.

El efecto de este desplazamiento masivo ha sido un desequilibrio territorial cuyo resultado es el hacinamiento de miles de personas en grandes metrópolis, así como la despoblación de muchas zonas rurales, abocadas a un futuro incierto.

De hecho el medio urbano es una plasmación del desequilibrio, porque la urbanización supone una alteración del medio natural y por su fuerte dependencia del exterior para abastecerse de recursos.

En la siguiente tabla se muestra la evolución de la población en el mundo desde el comienzo de la primera revolución industrial, expresada en millones de habitantes.

Tabla

Resulta innegable que la vida en las grandes ciudades ofrece contribuciones positivas, como las mayores tasas de empleo, el uso del transporte público, las bajas tasas de delincuencia, la conservación de los centros históricos, el acceso a la vivienda y a los servicios sociales y la baja segregación social.

Pero la vida en las ciudades tiene también un peaje ambiental. La calidad de vida urbana se ve afectada por el ruido, la densidad de tráfico, la contaminación atmosférica, la mala gestión del medio ambiente, el descuido del entono construido y la falta de planificación estratégica.

En las últimas décadas algunos ciudadanos han decidido huir de las aglomeraciones urbanas y se han instalado en la periferia. Esta dispersión geográfica de corto radio ha generado un aumento del tráfico, la actividad económica se ha trasladado a la periferia y los centros de las ciudades se han debilitado y en ocasiones se han deteriorado.

En muchas partes del mundo existen ciudades post-industriales, con una ordenación del territorio muy mejorable, rodeadas por grupos de fábricas obsoletas, con evidentes daños ambientales y con usos poco racionales de la energía.

Pese a la gran diversidad de modelos de ciudad, en todos los países desarrollados las ciudades deben afrontar el problema de aumentar su prosperidad económica y su capacidad competitiva y de reducir el desempleo y la exclusión social, a la vez que protegen y mejoran el medio ambiente urbano. Este reto lo están abordando algunas ciudades mejor que otras.

Es evidente que en todo el planeta existen importantes problemas económicos, sociales y ambientales. En el Foro Mundial de Ciudades celebrado en Bilbao en Junio de 2013 los bloques temáticos tratados han sido la planificación urbana integrada y la gobernanza dinámica, la construcción de una economía competitiva, el aseguramiento de un medio ambiente sostenible y la consecución de una alta calidad de vida en las ciudades.

Pero la realidad es que los urbanitas del siglo XXI tenemos ante nosotros un reto muy claro: recuperar los centros de nuestras ciudades como espacios públicos urbanos, como parte importante de la vida social y recuperar la conexión de las personas con la naturaleza.

El punto candente sobre los retos de las ciudades del siglo XXI es el urbanismo, que está a su vez muy ligado a la energía. Es necesario repensar las ciudades desde el punto de vista de la eficiencia energética, reduciendo la demanda energética de las energías convencionales y desarrollando la generación distribuida a partir de energías renovables.

Las ciudades son parte del problema económico, social y ambiental que estamos viviendo y deben ser parte de la solución. La huella ecológica urbana tiene alcance planetario. La lucha contra el cambio climático es una carrera de fondo, cuyo resultado se va a dilucidar en el seno de las ciudades, si entre todos somos capaces de reconducir nuestros modelos urbanos.

La meta se encuentra aún muy lejos y la responsabilidad de avanzar en este sentido es de las entidades públicas locales y regionales, apoyadas por iniciativas privadas. La planificación urbana es una condición “sine qua non” para asegurar la calidad de vida en las ciudades. Y aquí es donde los ciudadanos podemos adoptar un papel mucho más activo.